Venecia y la Plaza de San Marcos, al amanecer

Amanecer en el Gran Canal de Venecia

De entre mis viajes no hay recuerdo más romántico que el que guardo del amanecer en la Plaza de San Marcos, en Venecia. Sólo el lánguido repiqueteo de los tacones de mis zapatos me acompañaban aquella oscura mañana. Apenas las 5 y ni un ruido parecía alterar la calma de la Plaza en la noche veneciana. Decidido, me puse mis botas viajeras y me abandoné a la suerte de andar por las estrechas calles de la ciudad, sin tan siquiera el habitual susurro de las góndolas deslizándose por los canales. No escatimaba la extraña sensación de temor que a veces me invadía en cada revuelta pues por muchas de las callejuelas que me conducían hasta la gran plaza, desde mi hotel, la soledad era absoluta y el espeso silencio retumbaba en mis oidos. Sin embargo, la compensaba la cada vez mayor ardiente ansiedad que me atenazaba el pecho por alcanzar un sueño de muchos años atrás: estar en la Plaza de San Marcos viendo abrir un nuevo día.

Al fin, ante mis ojos se desplegó la magnífica belleza de la que un día Napoleón Bonaparte definiera como “el salón más elegante de Europa”: la plaza de San Marcos, lugar, siglos atrás, de tantas historias medievales cuando la vida artística, política y comercial de la por entonces República de Venecia, gran potencia, refulgía por toda Europa.

Dominada por la Basílica de San Marcos y por el esbelto Campanile las simbólicas columnas de San Marcos y San Teodoro me marcaban el camino, como si de un portal a otro tiempo se tratara, hacia el mar, hacia las escalinatas que habrían de servirme para esperar los primeros rayos de sol. A un lado me quedaba el insigne Palacio Ducal con su Puente de los Suspiros por el que exhalaban sus últimos alientos los reos condenados. Al otro las hileras de casas y mansiones que albergan tantos y tan famosos cafés y terrazas, como el café Florian, lugar de reunión de los famosos que pasan por Venecia, o el café Quadri donde las tropas austríacas que invadieron Venecia tomaban sus refrigerios.

Venecia al amanecer

Frente a mí la blanca cúpula de la Iglesia de Santa María della Salute, en la confluencia del Lido de Venecia y la desembocadura del Gran Canal, y la de la Iglesia de San Giorgio la Maggiore, en la isleta del mismo nombre.

A mis espaldas sentía la fría mirada de San Teodoro y del León alado, el clásico símbolo veneciano, que culminaban las dos columnas de mármol. Me sentía privilegiado de poder contemplar aquel amanecer acompañando a quien durante tantos y tantos siglos vieron día tras día iluminar el nuevo sol a la “Serenissima”. Aquellas dos columnas representan el pasado poderío marítimo y comercial de la antigua República de Venecia. San Teodoro fue el patrón de Venecia hasta el año 828 cuando llegaron los restos de San Marcos, mientras que el león de la otra columna es, en realidad, una quimera china, a la que se le añadieron las alas. Allí, entre ambas columnas, y hasta el siglo XVIII, se situaba el patíbulo en el que se ajusticiaba públicamente a los condenados.

Poco después de las 5 de la mañana, las primeras luces comenzaron a aparecer. El cielo veneciano comenzó a perder su negro intenso para convertirse en el azul más bello que he visto jamás. Tuve la enorme suerte de que no apareciera ni una sola nube que entorpeciera su belleza, y ni siquiera el fluir de los turistas que poco a poco comenzaban a aflorar a la plaza, alteraba aquel mágico momento de saber cumplido un sueño.

Venecia, la nostálgica Venecia, volvía a abrir sus ojos.

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Category: Italia


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