La Garganta del Diablo en Iguazú, recuerdo imborrable

La Garganta del Diablo

Todos los viajes dejan recuerdos imborrables, no hay duda. Pero todos tenemos ese momento especial, ese momento mágico que nos acompañará siempre hasta el último de nuestros días. Un instante único, íntimo y personal. Da igual quien te rodee, da igual quien vaya contigo. Ese instante es tuyo y permanecerá con tinta indeleble en lo más profundo de tu ser.

Yo podría contaros de varios momentos especiales en mis viajes: como el paso por la Ciudad de la Alegría; como mi primer viaje a Egipto, o incluso la visión del Everest desde una avioneta en Katmandú, pero como todos, también tengo un momento que jamás se me olvidará: el de la Garganta del Diablo, en las cataratas de Iguazú.

Ni yo mismo sabría explicaros el por qué. Supongo que confluyen muchas cosas para que a un momento lo podamos catalogar así: la belleza del sitio, las ganas de conocerlo, pero también el estado de ánimo, indudablemente.

Fui sólo a ese viaje: mi primer viaje solo. Nostalgia, tristeza, no sé. La cuestión es que a medida que me iba acercando a la Garganta del Diablo por la interminable ruta de pasarelas que surcan las aguas de Iguazú en su parte alta, la argentina, algo dentro de mí iba creciendo: expectación y un ansia infinita.

La Garganta del Diablo mirador

Dicen que la fuerza del agua es como un vórtice que te arrastra y engulle hasta lo más profundo de ella. Sólo sé que, asomado a su barandilla, con el rugiente Salto de la Unión a mis pies (el de la Gargante del Diablo, aquel por donde tiraron a Jeremy Irons en la película “La Misión”), el tiempo pareció detenerse. El miedo al abismo me hizo agarrarme con fuerza hasta casi sentir como se me agolpaba la sangre en los nudillos de mis manos. Pero poco a poco fui relajándome, dejándome llevar por el acompasado y cadencioso ritmo del rugir de sus miles de litros. La mirada perdida se me iba hacia la sucesión de cascadas que forman el río Iguazú, aun cuando casi no las podía ver por la gran nube de vapor que subía desde el mismo infierno de su fondo. Pasaron los minutos y pensando en la bella historia de su leyenda, quise comprender la triste historia de Tarobá y Naipí, separados eternamente por el río, pero unidos en su amor por el arco iris que se dibuja cuando el sol ilumina el fondo acuoso de la Garganta.

Cuando quise mirar el reloj había pasado cerca de una hora asomado a aquella barandilla. No sé si en ese tiempo me fundí con sus aguas; no sé si estaba allí. Para mí nada existió: ni el tiempo ni los muchos turistas que me rodeaban. Sólo Iguazú y yo.

Desde entonces no ceso de recomendar a todo el que me dice que va a Buenos Aires que se acerque hasta las cataratas. Sí, es una distancia considerable, pero merece la pena. Es una de las maravillas del Mundo que todos deberíamos visitar alguna vez, y a fin de cuentas, en avión no se os hará tan largo. Podéis ir en bus, incluso en tren, pero os recomiendo hacerlo en un vuelo interior, porque son frecuentes. Necesitaréis para volar y visitar bien el Parque, tanto en su parte argentina, como en la brasileña, mínimo, dos días (incluso tres), pero como os digo, volveréis encantados.

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Category: Argentina


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